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Los lugares donde cobró vida el Frankenstein de Del Toro

Por Ángel Menendez

 

Viajar tras las huellas de Frankenstein no es un paseo turístico: es una obsesión. Es seguir el eco húmedo de pasos sobre adoquines mojados, colarse en mansiones donde la luz de las velas parece respirar y sentir que algo te observa entre los pasillos.

Guillermo del Toro lo sabía, por eso filmó su reinterpretación del clásico de Mary Shelley en algunos de los escenarios góticos más inquietantes.

¡Descúbrelos!

Esta es la ruta definitiva para viajeros que aman el cine, las atmósferas oscuras y los destinos que te ponen la piel de gallina… de la manera más elegante posible. Porque en este viaje no solo recorremos escenarios, nos adentramos en el laboratorio donde Del Toro reanimó un mito. ¿Listo para darle vida a la criatura?


 

EL MAPA ANATÓMICO DEL HORROR

De los acantilados de Escocia a los salones dorados de Inglaterra, la película se mueve como un sueño de piedra y neblina. Cada locación es una parte del cuerpo que respira bajo la tormenta.

Edimburgo, con su Royal Mile empapada de sangre y sus callejones de piedra, fue el primer soplo de vida. Allí, entre turistas confundidos y campanas de St Giles, Del Toro rodó ejecuciones públicas y callejones ensangrentados —Bakehouse Close y Lady Stair’s Close— donde el joven Victor busca la materia con la que desafiar a Dios.

En la costa de North Berwick, el monstruo nace de nuevo: la criatura arrastra su cuerpo roto hasta las arenas blancas de Seacliff Beach, mientras un faro imaginario —añadido con VFX— observa el naufragio del alma. Del Toro lo supo al instante: “Ahí está mi película”.


 

LA MANSIÓN DEL CREADOR

La casa de los Frankenstein no existe. O mejor dicho, existe en cuatro lugares al mismo tiempo.

Como el propio monstruo, su mansión fue ensamblada con fragmentos de piedra y sueños: Gosford House y Dunecht House, en Escocia; Wilton House y Burghley House, en Inglaterra.

En Gosford, los exteriores respiran tragedia, una boda bajo la nieve falsa, mariposas suspendidas sobre el césped helado y una escalera donde la vida y la muerte se cruzan.

En Dunecht, una biblioteca que alguna vez sirvió para que unos niños patinaran, se transformó en un templo de conocimiento prohibido.

Wilton House prestó su cementerio y su comedor, los mismos que una vez vio Kubrick en Barry Lyndon.

Y Burghley House, con sus frescos barrocos, sirvió como santuario final para el delirio de un hombre que quiso ser dios.


 

ENTRE HIELO Y CULPA

En los extremos del mundo, el frío sustituye al alma. Las escenas del Ártico —con el barco atrapado entre los hielos— no fueron creadas en computadora. Se construyeron, a tamaño real, en un estacionamiento de Toronto. Del Toro insistió en hacerlo tangible: “Queríamos que el público sintiera el frío.”

El hielo era falso. Pero la desesperación, real. En el lago Nipissing, los trineos corren sobre una superficie que se derretía cada día, como si la tierra misma rechazara a los vivos que la desafían.

Al terminar la Ruta de Frankenstein, uno entiende que Mary Shelley no inventó un monstruo: lo encontró escondido entre montañas, castillos y tormentas que aún hoy cargan electricidad en el aire. Viajar por estos paisajes es caminar entre las cicatrices del romanticismo, donde la belleza y el horror se dan la mano sin pedir permiso. Y cuando el viaje termina, queda la sensación de haber seguido las huellas de una criatura que, en el fondo, todos llevamos dentro: esa mezcla imperfecta de curiosidad, miedo y deseo que nos impulsa a seguir explorando. Porque si algo enseña esta ruta es que ningún monstruo da más miedo que quedarse sin historias que contar.

Del Toro no rehace Frankenstein; lo invoca. Cada piedra, cada vela, cada copo de nieve forma parte de un hechizo cinematográfico. La cámara no observa: confiesa.

En su universo, el horror no nace de la oscuridad, sino del deseo de ver. Y en esa mirada —entre el hielo y el fuego— la criatura, al fin, encuentra su lugar en el mundo.


 

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Si alguna vez visitas Escocia, sigue las huellas del monstruo: camina por Bakehouse Close, siente el eco del viento en Seacliff Beach y mira hacia las ventanas encendidas de Gosford House. Quizá, por un instante, escuches un corazón recién hecho latir bajo la tormenta.

Si alguna vez visitas Escocia, sigue las huellas del monstruo: camina por Bakehouse Close, siente el eco del viento en Seacliff Beach y mira hacia las ventanas encendidas de Gosford House. Quizá, por un instante, escuches un corazón recién hecho latir bajo la tormenta.

 

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