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CAÑITA: ENTRE LÚPULO, VINILOS Y BUEN DIENTE

21 sept
5 min de lectura

Por Pepe Treviño

 

La cheve siempre ha sido mi agua de uso. La de diario, la de después de tocar, la de la party que empieza tranquila y termina con alguien poniendo una canción que nadie pidió, pero todos acabamos cantando.

Hace más de 20 años descubrí que el mundo no terminaba en las caguamas. Y ojo: jamás les he hecho el feo. Una Corona bien fría o una Victoria después de una noche larga tienen un lugar ganado en la memoria de cualquier pelado que haya crecido entre guitarras, bares y crudas monumentales.

El verdadero cambio llegó cuando descubrí que la cerveza podía ser mucho más que una cheve bien fría para quitar la sed. Empecé a probar artesanales y de pronto aparecieron sabores, aromas, estilos y etiquetas que daban ganas de conocer y hasta de coleccionar.

 

 


Fue como pasar de escuchar siempre las mismas cinco bandas a descubrir que afuera había un catálogo infinito. Algunas cervezas entraron como un hit de tres minutos y se quedaron en la cabeza; otras fueron ese disco raro que al principio no entiendes, pero terminas escuchando completo porque cada vez encuentras algo nuevo. Y entonces aparecieron las IPAs, stouts, ales, fermentaciones y toda una fauna cervecera que, para alguien acostumbrado a pedir “la que esté más fría”, era como descubrir que el rock no terminaba en las bandas que sonaban en la radio.

 


 

Desde entonces nunca volví a tomar igual. También entendí que existen los placeres culposos y esos pecados que saben bien, pero no provocan lo mismo. Una cosa es haber besado a la morra que te gustaba en la secu y otra que te bese la que te hizo perder la cabeza, como el látigo que hasta hoy me sigue flagelando, doña Cindy.

No me voy a poner filosófico —para eso ya está la cruda—. Lo que quiero decir es que, después de tantos años, sigo teniendo esa misma curiosidad por descubrir nuevas cheves, nuevos sabores y esas pequeñas joyas que aparecen cuando uno cree que ya se las sabe todas. Y esta vez la búsqueda me llevó a Cañita, un sitio donde la comida y la bebida hacen un verdadero maridaje sonoro.

 

 


Cañita es un restaurante-picaduría en San Miguel de Allende, un spot que se sale del circuito de los lugares de moda y de la peregrinación instagramera. Aquí la cosa va por otro lado: melómanos, clavados de la cheve artesanal y amantes de los vinos naturales bien curados encuentran una mesa para comer bien, escuchar buena música y meterle un sorbo de entusiasmo a cada copa.

El chef Juan Carlos, mejor conocido en el mundo de los fogones como “El Chino”, se aventó una de esas mezclas que a muchos cocineros les da miedo tocar: China, Japón, Francia y México en la misma mesa. Pero aquí no hay licuadora cultural ni plato disfrazado de pasaporte. Hay técnica, producto local fresco y dosis de diversión. Una especie de fusión dosmilera que se quitó el saco, se dejó crecer el pelo y salió a tomarse una cheve o un vino natural de draft.


 

 

El atún bañado en salsa ponzu con burrata abrió la noche. Después llegaron unas croquetas de coliflor en escabeche —una verdadera locura—, doradas, crujientes y con un interior sedoso que explotaba en la boca con el golpe ácido del escabeche. Siguieron las patatas bravas ponte-nef con jamón serrano, intensas y descaradas, y unas salchichas estilo alemán, gruesas, jugosas y profundamente sabrosas, marinadas en cerveza Hércules.

El postre fue un buñuelo con piloncillo: dorado, quebradizo, pegajoso y brutalmente goloso. Un bocado sencillo que llegó sin hacer ruido y terminó borrado del plato en tiempo récord. Y así fue.

A esas alturas ya había cometido el error clásico: pensar que todavía podía comer más.

Pero también estaba cometiendo otro, bastante más agradable: seguir pidiendo cerveza. Porque una cosa lleva a la otra y, cuando la mesa empieza a llenarse de platos y la copa sigue llena, uno deja de cenar y comienza a perder discretamente el control.

Y para eso también venimos a San Miguel, ¿no?

 

 

El culpable de todo esto es Dani Gamboa, un entusiasta y profesional de la cerveza artesanal que llegó aquí desde Querétaro para ofrecer algo más que rooftops bonitos y tragos a precios que duelen en la cartera. Al contrario, Cañita juega en otra liga, porque a pesar de que los ingredientes y bebidas son de gran calidad, la cuenta y las porciones son más que razonables, sales con la sensación de haber comido y bebido como se debe.

Las cervezas que nos metimos fueron de Hércules, vinos Barrigones del merito Querétaro, mezcales de buena gama y logramos disfrutar de una joya, la cheve Debút de la línea Cervezas Salvajes de Hércules, de fermentación espontánea, madurada en barricas de Chardonnay, que, ahora sí, me hizo sentir como si me hubiera enamorado nuevamente de las cervezas artesanales al descubrir sus notas organolépticas súper cabronas.


 

Pero Cañita también se escucha. La música aquí tiene peso propio. Hay playlists hechas por melómanos y tardes en las que el vinilo toma el control, aparece un DJ y la sobremesa cambia de ritmo. De pronto, la aguja cae sobre un disco y la tarde empieza a tomar otro camino.

Men at Work, Depeche Mode, algo de grunge, new wave, punk y rock progresivo suenan de fondo y, entre una cerveza y otra, volví a pensar en el primer beso. En esa electricidad extraña de descubrir un placer que no conocías y querer repetirlo antes de entender siquiera qué te había pasado.

En Cañita me sucedió algo parecido, pero cono todo el conjunto: la cerveza, la comida, la atención, la mesa y la charla con sus propietarios y crew. Todo está puesto para que la experiencia fluya sin esfuerzo. Y eso también se parece a la emoción que genera el descubrir algo que te gusta, querer repetirlo y salir de ahí pensando que todavía quedan muchas cosas por probar y lugares que sorprenden en cada bocado.


APÚNTALE

En su Instagram se pueden ver los programas con sus actividades gastronómicas y culturales, por ejemplo:   

  • Cada determinado tiempo se llevan a cabo Pop-ups. Colaboraciones de chefs amigos que llegan aquí para cocinar o echarse palomazos gastronómicos.

  • Hay catas para probar nuevos vinos, destilados, café o cervezas.

  • Los amantes del arte pueden conocer Cuarto de Arte by Java, una galería de arte ubicada en la planta baja, donde rotan obras de diversos artistas emergentes.

  • Si deseas echarte una cheve y hacer tu propia obra de arte, aquí también se llevan a cabo talleres impartidos por artistas locales, como sucede con el Club de Dibujos Feos.

  • No debes de dejar pasar las tardes de vinilos o de dj´s invitados.

 

Dónde: Cjon. de Loreto 44, Zona Centro, 37700 San Miguel de Allende, Gto.

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