El festival GEMA muestra la otra cara de San Miguel de Allende
- Mad Publishing
- 10 jul
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Actualizado: hace 9 horas
Por David Paniagua
Hay dos tipos de viajeros: los que dicen "ya conozco San Miguel de Allende" y los que saben que esa frase es tan absurda como decir "ya escuché toda la música" o "ya probé todos los tacos". Pero es que San Miguel nunca se termina.
Cada regreso te cambia el itinerario. Aparece una calle que jurabas no haber visto, una terraza donde el vino sabe distinto, un chef que te hace reconciliarte con los vegetales, una galería que te obliga a mirar más despacio o un hotel donde, por alguna extraña razón, duermes como si no existieran los grupos de WhatsApp.
Y justo de esa idea nace Festival GEMA: Gastronomía, Enología, Mixología y Arte. No se trata de otro festival lleno de discursos eternos y listones para cortar, sino como una excusa bastante inteligente para reactivar y volver a disfrutar de San Miguel con otros ojos… y con mucho apetito.
ITINERARIO CON ALTA DOSIS DE EMOCIONES

La travesía arrancó donde arrancan las mejores historias: alrededor de una mesa.
En San Francisco Steakhouse entendimos que el fuego sigue siendo uno de los inventos más brillantes de la humanidad. Cortes perfectamente ejecutados, vino, conversación y ese tipo de servicio que aparece justo cuando lo necesitas, pero desaparece cuando quieres quedarte platicando. Elegancia sin poses, aunque este spot te hará sentir en un clásico steakhouse neoyorquino, con maridajes que van tan bien como tu primer amor.

Después, para bajar la frecuencia, visitamos el hotel La Morada, un predio histórico, donde una gran colección de obras de arte viste cada rincón, habitación y patio central. El hotel está justo frente a la Parroquia de San Miguel Arcángel, solo basta abrir la ventana para admirarla y recordar que sigue siendo una de las postales más espectaculares del país. La bienvenida incluyó un pequeño tequila enviado por el crew de La Morada y una sesión de sound healing que logró algo casi milagroso: hacer que varios periodistas dejaran de revisar el celular durante un rato.

Al caer la noche apareció Agavia para recordarnos que la cocina mexicana no necesita disfrazarse de laboratorio minimalista para sorprender. Aquí las raíces siguen mandando, pero hablan un lenguaje contemporáneo. Cada plato parecía decir: "sí, soy mexicano… pero con onda". La barra acompañó la conversación con tragos que no buscaban robar protagonismo, sino hacer que todo supiera mejor, mediante vasos de pulque, curados, destilados de agave y cerveza artesanal.
Los chefs Nelcy Martínez y Jesús Arellano trabajan de forma cronometrada, con una cocina abierta, íntima, que nos hizo sentir algo más que una experiencia culinaria, fue todo un trip memorable.

Al siguiente día la mañana arrancó en Ventanas de San Miguel, donde pudimos corroborar que en la periferia de la ciudad se viven otras actividades Premium lejos del Centro Histórico: golf, villas, privacidad y vistas que obligan a sacar el celular aunque prometiste desconectarte.
Allí desayunamos en el restaurante Ta'lo, ubicado frente al campo de 18 hoyos diseñado por Nick Faldo. Donde también nos explicaron que ya cuentan con un hotel boutique, de gran diseño, ideal para los que deseen jugar al golf y apapachar al cliente para cerrar un negocio de varios ceros.

La hora del arte llegó en la Galería Punto Actual, una galería que confirma que en San Miguel la creatividad no vive únicamente en las cocinas o en las copas, sino también en los talleres, los lienzos y las esculturas. Nos recibió Antonio el artista Antonio Loza Hetch y nos invitó a recorrer sus salas para entender por qué la ciudad ha seducido durante décadas a artistas, coleccionistas y creadores de todo el mundo. Cada obra propone una conversación distinta sobre el paisaje, la identidad, la memoria y la imaginación, recordándonos que el arte aquí no es un atractivo turístico más, sino un lenguaje cotidiano que dialoga con la arquitectura, la gastronomía y la vida cultural.

La noche siguió en Hacintto, donde descubrimos que una buena cantina contemporánea puede convertirse fácilmente en un problema... porque nadie quiere pedir la cuenta. Entre cocteles ejecutados por la mixóloga Yuranzi Silva y la cocina con personalidad de el chef Alex Cortés se disfruta de un ambiente donde siempre parece estar pasando algo. Así entendimos por qué San Miguel tiene fama de hacerte perder la noción del tiempo.
Allí probamos unos tacos de magre de pato a la plancha, unos poderoso camarones zarandeados, meloso rabo de toro y dos postres.
De coctelería fueron 6 tragos, todos con el poder y la mano de Yuranzi, lo comprobamos con el Margaritto, hecho con Casa Dragones Blanco, ólea saccharum, licor de chile, limón y una garnitura de chile cuaresmeño crunchy. Sin duda este lugar merece una nota a parte… próximamente.

El santuario de los sueños esta vez fue el Amatte, hotel que juega otra partida. Aquí el lujo dejó atrás la solemnidad para abrazar un estilo de vida mucho más relajado, estético y contemporáneo. Entre arquitectura de líneas limpias, jardines, espacios de bienestar, gastronomía y un rooftop con algunas de las mejores vistas de San Miguel, el hotel invita a bajar el ritmo y simplemente disfrutar. El atardecer, acompañado de un buen cóctel, parece formar parte del check-in. Es un lugar pensado para quienes entienden el lujo como tiempo, diseño, experiencias y momentos compartidos. Muy generación "quiero vivir aquí".
Y por si fuera poco, hay que echarle un ojo a la carta de su restaurante, diseñada por el chef Antonio de Livier.

Fue fantástico realizar un pequeño road trip de 30 minutos para conocer la La Santísima Trinidad, un viñedo y complejo inmobiliario donde el estrés entra... pero no sale. Bastan unos minutos entre viñedos, olivares y campos de lavanda para que el algoritmo, el tráfico y hasta tu contador de pasos dejen de importar. Aquí el vino no es el único protagonista: también hay aceites de oliva, balsámicos y un paisaje tan bien portado que parece renderizado por inteligencia artificial. Todo invita a hacer exactamente lo que en la ciudad nunca hacemos: sentarte, servir otra copa y dejar que el reloj resuelva sus propios problemas. Es uno de esos lugares donde descubres que el verdadero lujo no siempre hace ruido; a veces solo huele a tierra mojada, a barrica y a lavanda... aunque, aceptémoslo, el silencio aquí también tiene tarifa. Y la pagas con gusto.

Otomí nos rompió otro prejuicio sobre San Miguel. Pensábamos que la ciudad vivía de iglesias, galerías y buena comida, hasta que aparecieron los caballos. Aquí el lujo no presume: galopa. Más que un desarrollo residencial, es una comunidad donde la arquitectura, la naturaleza y el universo ecuestre conviven con absoluta naturalidad. El club hípico y eventos internacionales como el GNP Otomí Grand Prix demuestran que San Miguel también sabe jugar en las grandes ligas del deporte.
Allí, en su restaurante (abierto al público) B'UI Cocina de campo, nos atendió Daniel Estebaranz, un gran restaurador de cocina que nos contó como se viven los encuentros gastronómicos en las fiestas hípicas… desde luego que con un coctel de la casa llamado Bicicleta, así como unos deliciosos sopecitos de cochinita sobre tostones de plátano macho, pellizcadas de pescado, tamalitos de frijol y un par de tequilitas como despedida.

El último día no nos permitió aflojarle al hedonismo culinario. La mañana arrancó en Raíces, un lugar que nos bajó las revoluciones, aún más, fue Raíces.
Desde que llegamos apareció uno de los socios, Omar Campaña, con una sonrisa que parecía de viejo amigo. Minutos después la chef Vanessa Romero salió con una inesperada agua de aguacate que, contra toda lógica, resultó deliciosa. Luego llegaron unos chilaquiles “embarazados” de chicharrón prensado que merecen patrimonio de la humanidad, una torta ahogada de cochinita, tacos dorados rellenos de Jamaica, panqués recién hechos, chocolate y una hospitalidad que no se aprende en ningún manual. Ahí entendimos que el verdadero lujo arranca desde la mañana.
Juramos que ya no entraba un bocado más. Así que hicimos lo que cualquier viajero optimista hace después de un maratón gastronómico: salir a caminar por San Miguel con la ingenua esperanza de que unos cuantos adoquines quemaran todas las calorías del día. Spoiler: no funcionó.

La noche todavía tenía un as bajo la manga: Rosewood San Miguel. De esos lugares donde el lujo no necesita gritar para hacerse notar.
En Pirules Garden Kitchen, el chef Odín Rocha contó historias a través del fuego. Desde la cocina abierta, las brasas se encargaron de darle personalidad a una propuesta donde el producto local, la técnica y los sabores forman la triada.
Y sí, hicimos la tarea completa: tiradito de pescado, cebiche de cangrejo, camote al rescoldo y un fideo seco con short rib que merece su propio club de fans. Salimos felices, satisfechos y con una conclusión muy clara: San Miguel siempre encuentra una nueva forma de convencerte de regresar.

Y entonces entendimos de qué va GEMA. Lo que vivimos fue apenas el calentamiento. Un pequeño spoiler de todo lo que puede ofrecer San Miguel de Allende cuando se juntan anfitriones de lujo, artistas singulares, buena comida y muchas ganas de celebrar la creatividad.
Ahora imagínate eso multiplicado por diez. Del 26 al 30 de agosto, GEMA celebrará su primera edición reuniendo Gastronomía, Vino, Mixología y Arte en un festival que busca mostrar la versión más contemporánea, sofisticada y sensorial de San Miguel de Allende.
Nosotros ya tenemos un pretexto más para volver.
Y algo nos dice que tú también vas a terminar haciendo espacio en el calendario... y en el estómago.
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