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Crónica de una torta ahogada que nunca debió existir

17 ene
1 min de lectura

Por Pepe Treviño


Dicen que en Guadalajara no hay mala torta ahogada. Mentira. En La Playita probé una que debería venir con advertencia sanitaria y quizá una denuncia penal. El bolillo estaba tan seco como una promesa de político en campaña: absorbió la “salsa” como esponja resignada… y aun así no sabía a nada. Ni jitomate, ni picante, ni alma. Era agua roja con culpa, una simulación líquida del concepto salsa.



Las carnitas llegaron tibias y tímidas, como si tampoco quisieran involucrarse en el crimen. El frijol brilló por su ausencia. La cebolla parecía cortada con rencor personal. ¿Y el chile? Nunca apareció. Ahogada no estaba: aquí se ahogó la idea misma de la torta ahogada, ese platillo sagrado que en Jalisco no se improvisa.

Me la comí por disciplina periodística, por orgullo y porque rendirse no es opción… y porque tenía hambre. Salí con sed, confusión existencial y la certeza absoluta de que alguien está usando el nombre “torta ahogada” sin licencia. Guadalajara merece mejores defensores de su cocina. Esto no fue tradición: fue negligencia gastronómica.

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