Crónica de una torta ahogada que nunca debió existir
Por Pepe Treviño
Dicen que en Guadalajara no hay mala torta ahogada. Mentira. En La Playita probé una que debería venir con advertencia sanitaria y quizá una denuncia penal. El bolillo estaba tan seco como una promesa de político en campaña: absorbió la “salsa” como esponja resignada… y aun así no sabía a nada. Ni jitomate, ni picante, ni alma. Era agua roja con culpa, una simulación líquida del concepto salsa.

Las carnitas llegaron tibias y tímidas, como si tampoco quisieran involucrarse en el crimen. El frijol brilló por su ausencia. La cebolla parecía cortada con rencor personal. ¿Y el chile? Nunca apareció. Ahogada no estaba: aquí se ahogó la idea misma de la torta ahogada, ese platillo sagrado que en Jalisco no se improvisa.
Me la comí por disciplina periodística, por orgullo y porque rendirse no es opción… y porque tenía hambre. Salí con sed, confusión existencial y la certeza absoluta de que alguien está usando el nombre “torta ahogada” sin licencia. Guadalajara merece mejores defensores de su cocina. Esto no fue tradición: fue negligencia gastronómica.




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