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Road trip por Tlaxcala, según la Malinche

Actualizado: 20 ene

Ay, hijitos. Si estas tierras hablaran —bueno, hablo yo— no todos aguantarían el relato.

Corría el año de 1520 y en lo que hoy es Calpulalpan, mis vecinos texcocanos, aliados de los mexicas, decidieron que los españoles no eran invitados… sino platillo fuerte. Ahí se comieron a 550 hombres de la expedición de Hernán Cortés. Sí, así como lo leen. Ni entrada, ni postre: directo al asunto.




El sitio aún conserva una arquitectura tan inquietante como fascinante: estructuras piramidales cilíndricas, conocidas como cuisillos, donde mantenían prisioneros a los españoles, alimentándolos por pequeñas ventanillas… hasta que tocaba su turno. Lo más escalofriante: figurillas talladas por los cautivos, hechas con las manos de quienes sabían que su destino estaba servido.

Historia dura, sí. Pero necesaria. Porque Tlaxcala nunca fue territorio tímido.

 

La ciudad de Tlaxcala: donde el pasado se pavonea con orgullo



Ahora sí, respira. La capital del estado más chiquito del país es un manjar colonial. Empieza el recorrido en el Palacio de Gobierno, antigua casa de ese tal Hernán Cortés —sí, el mismo—, con fachada plateresca y murales monumentales de Desiderio Hernández Xochitiotzin, quien pintó nuestra historia como se debe: sin maquillaje.

La plaza principal presume quiosco y una fuente octagonal regalo del rey Felipe IV (porque hasta los reyes sabían quedar bien). Sigue la Catedral, échale ojo a su capilla abierta, pensada para evangelizar indígenas al aire libre —prácticos, eso sí—.

Suma a la lista: la Basílica de Ocotlán con su barroco excesivo y camarín deslumbrante; el Palacio Municipal, la Parroquia de San José con ladrillo y talavera coqueta; el Palacio de Justicia, el Teatro Xicohténcatl, la Plaza de Toros Jorge “Ranchero” Aguilar (la más antigua en uso en América, ojo ahí) y museos que van del arte contemporáneo al pulso vivo de nuestras tradiciones.

 

Cuevas de Tiza: donde Tlaxcala se vuelve surreal



En San Mateo Huexoyucan están estas cuevas blancas, laberínticas, casi lunares. Antes sacaban de aquí minerales para hacer cemento, vidrio, cosméticos y gises; hoy son territorio de aventureros, ciclistas, motociclistas y curiosos sin claustrofobia.

Túneles de hasta dos kilómetros, techos de cinco metros y un silencio que retumba. Abandonadas por la industria, adoptadas por el viajero inquieto. Como debe ser.

 

Apizaco y Evoka: fine dining sin poses (gracias a los dioses)

Aquí entra Francisco Molina, chef inquieto, investigador obsesivo del valle tlaxcalteca y uno de los nombres más interesantes de la nueva cocina mexicana. Se fogueó en cocinas como Pujol, pero en lugar de quedarse en la capital regresó a su origen para hacer algo valiente: abrir un restaurante de destino donde nadie lo esperaba.

 

Evoka no presume territorio, temporalidad y técnica. El menú cambia con las estaciones, la elegancia es sobria y cada plato es una carta de amor a Tlaxcala. Yo, que vi caer imperios, apruebo.

 

Hacienda Santa Bárbara: descanso, maíz y atardeceres con vino



A las faldas de mi montaña —sí, la Malinche— se esconde esta hacienda del siglo XVII convertida en hotel boutique. Ideal para románticos, viajeros contemplativos y gente que ya entendió que el lujo no grita.

Conserva su casco antiguo, capilla y la galería de Malena Díaz, fotógrafa obsesionada con el maíz tlaxcalteca (bien). La cocina corre a cargo de cocineras tradicionales, se come en mesa comunal y hasta puedes tomar talleres de nixtamalización.

Al atardecer: vino, quesos locales y vistas desde la azotea de la capilla. Para equilibrar el cuerpo: caminatas, temazcal artístico y silencio que cura.

 

Huamantla: hospedarse como diva del cine de oro



Este Pueblo Mágico se camina con calma. Empieza en la plaza, sigue con el Museo del Títere Roste Aranda (más de 500 piezas del mundo) y luego ve directo al Museo del Pulque… porque cultura sin pulque no es cultura. Remata con un “pulmón” en La Cura, como mandan las buenas costumbres.

Para dormir está la Hacienda Soltepec, donde María Félix filmó La Escondida. Glamour intacto, historia viva y un restaurante —La More— donde el chef José Manuel Carpintero se avienta verdaderos palomazos gastronómicos: desde homenajes al taco de canasta hasta menús degustación a cuatro manos.

Pero si quieres dormir y que te traten como una diva, como yo, no dudes en dormir en Casa Huamantla, un pequeño hotel que está poniendo a Huamantla en el mundo de -si existiera- la aristocracia, donde el buen gusto y el lujo es tan delicado que a los políticos de la actualidad les sacarían ronchas.

 

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